ALOE VERA La historia varias veces milenaria del áloe


Marc Schweizer
ALOE VERA
La historia varias veces milenaria del áloe es tan
cautivadora como una novela de aventuras. Conocida
desde siempre por su belleza misteriosa, su elegancia
salvaje, sus propiedades terapéuticas legendarias, fue
considerado como un dios en algunas civilizaciones. En el
antiguo Egipto, el áloe fue la planta cuya “sangre” ofrecía la
belleza, la salud y la eternidad. Formaba parte del ritual de
embalsamamiento y acompañaba al faraón en su viaje hacia el
otro mundo. Para los emperadores de la China mítica, las
espinas curativas del áloe personificaban a las uñas sagradas de
la Divinidad. En cuanto a los Indios del Nuevo Mundo, el áloe
formaba parte de las 16 plantas sagradas adoradas como dioses.
En Africa, los camelleros nómadas lo llamaban el “lirio del
desierto”, los americanos “the silent healer” o “Doctor Aloe”,
los rusos “elixir de larga vida”, etc.
Este pequeño manual no tiene la pretensión de ofreceros un
estudio exhaustivo de las virtudes y de los poderes del áloe.
Esta planta mágica aún nos reserva probablemente muchas
más sorpresas. Amiga del hombre al igual que el trigo o el
olivo, plantas nutritivas, el áloe es por excelencia nuestra planta
medicinal.
En los Estados Unidos, en Japón, en Rusia, en China, el áloe
tiene decenas de millones de adeptos, a menudo entusiastas, y
existen innumerables publicaciones al respecto. En Francia, a
pesar de haber sido uno de los primeros países europeos en
reconocer las virtudes medicinales del áloe, los mandarines de
la ortodoxia medicinal impidieron durante mucho tiempo que
se publicaran estudios científicos que tratasen el tema de forma
seria.
El aloe vera, así denominado y descrito por Linneo, y el
aloe barbadensis descrito por Miller, así como el aloe
vulgaris de Lamarck, son una misma y única planta.
Actualmente la clasificación botánica oficial se ha decantado
por el nombre de aloe barbadensis para el áloe medicinal
mientras que aloe vera queda como la denominación corriente
que vamos a adoptar en este estudio.
El asunto del “nombre” se complica aún más por el hecho de
que Miller también había descrito y bautizado como “aloe
vera” a un áloe que no tiene nada que ver con el de Linneo, y
que no parece poseer ninguna de las propiedades medicinales
de la planta descrita por el botánico sueco. De ahí surgieron
innumerables confusiones y disputas entre expertos...
El aloe barbadensis (o aloe vera de Linneo) alcanza una
altura media situada entre 60 y 90 cm. Sus hojas, de 40 a 50 cm
de largo, adornadas con púas, tienen una anchura de 6 a 10 cm
en la base. Las hojas del áloe están revestidas por una cutícula*
(capa protectora) cuyas estomas* filtran el aire y el agua. Bajo
esta membrana se halla una primera dermis* celulósica, que
abriga cristales de oxalato de calcio, y las células pericíclicas
de la savia amarilla y rojiza con propiedades laxantes llamada
“sangre” del áloe. Finalmente, dentro de esta triple protección
vegetal, he aquí el parénquima* incoloro, que forma el gel*
buscado de la planta. La calidad de este gel depende mucho del
suelo y de las condiciones climáticas de la zona de cultivo.
La planta que cura
Fuente: Marc Schweizer
ALOE VERA
La planta que cura
Tradución Anna-Maria Ascolies