El debilitamiento de la piel

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Medicina Natural al Alcance de Todos
MANUEL LEZAETA ACHARAN
El debilitamiento de la piel recarga el trabajo de las mucosas a donde se dirigen las materias malsanas que no son llevadas a los poros, debido al mal riego sanguíneo de la superficie del cuerpo. Forzadas las mucosas a realizar un trabajo extraordinario, progresivamente se irritan, congestionan y afiebran.
Lo expuesto nos explica los resfriados, catarros, pulmonías e inflamaciones internas en general.
El resfriado es precisamente un agudo desequilibrio térmico, caracterizado por frío externo y fiebre
en las entrañas. El proceso congestivo e inflamatorio se acentúa de preferencia en los órganos más débiles por predisposición personal o mal régimen de vida.
El desequilibrio térmico llega a su máximo grado en el enfermo moribundo, pues mientras el frío se apodera de su piel y extremidades, la fiebre lo consume por dentro, como lo comprueba su pulso agitado y la inflamación interna que refleja el iris de sus ojos.
Así como a la piel anémica corresponden mucosas congestionadas y afiebradas, el trabajo activo
de la piel descongestiona, refresca y vitaliza las mucosas.
Las enfermedades eruptivas como el sarampión, la viruela, la escarlatina, etc., están destinadas a
purificar el organismo, que antes estaba crónicamente enfermo. En la misma medida que brota el
mal sobre la piel, el interior del cuerpo se descarga de materias morbosas. Al sofocar las erupciones de la piel las materias dañinas buscan su salida por las mucosas produciendo gravísimas inflamaciones y congestiones en los tejidos pulmonares, bronquiales, renales y de los sistemas circulatorio y nervioso.
Lo anterior explica que las afecciones agudas sin fiebre externa sean las más graves y difíciles
de curar.
Los enfermos crónicos, cuya vitalidad está consumida por la intoxicación y por el impotente esfuerzo defensivo de la naturaleza, suelen mostrar una temperatura externa axilar de 35 grados, mientras que la fiebre interna, de alrededor de 40 grados o más se manifiesta por la tremenda actividad del corazón con un pulso de 120 o más latidos por minuto.
Como se ve en este caso, el termómetro puede conducir a error en cuanto a la fiebre se refiere, mientras que el pulso es una guía segura para comprobar la temperatura normal o anormal del cuerpo humano, de acuerdo con mi doctrina, salvo en el caso de que haya daño en los nervios por causa de intoxicación intestinal medicamentosa.
Existe una relación estable entre la actividad del corazón y la temperatura interna del cuerpo. En estado de reposo, en un adulto, 70 pulsaciones por minuto corresponden a un calor de 37 grados
centígrados al interior de su vientre; 80 pulsaciones, acusan temperatura por encima de 37.5
grados; 90 pulsaciones revelan que la fiebre ha subido a 38 grados; a 100 pulsaciones corresponde una fiebre de 39 grados; 110 pulsaciones hablan de 39.5 grados y con 120 pulsaciones la temperatura ha llegado a 40 grados. A medida que aumenta la temperatura al interior del vientre se aumenta la actividad del corazón aun cuando el termómetro bajo el brazo no registre calor anormal.
El pulso inferior a 70 revela debilidad nerviosa por intoxicación intestinal o medicamentosa. Por otro lado, en los recién nacidos, normalmente, las pulsaciones llegan hasta 150 por minuto; a los tres años su número normal es de 100 y a los catorce de 75 para reducirse a 70 a los 20 años.
Pasados los sesenta años el pulso se acelera hasta 80 pulsaciones por minuto debido al aumento del calor interior del cuerpo por anemia de la piel.
Además F iedber lea lcoaclaeln. t ura o fiebre interna, que se origina y mantiene en el intestino, se presenta generalmente en los enfermos una calentura o fiebre local, en la zona u órgano directamente
comprometido en el desarreglo general que siempre arranca en el aparato digestivo. Así, si nos
clavamos una espina en un dedo, pronto notaremos la inflamación local con aumento de la temperatura en el punto afectado. Lo mismo sucede en la pulmonía, la nefritis, la apendicitis, el
reumatismo agudo, etc. El tratamiento curativo deberá contemplar estos dos aspectos del desequilibrio térmico que se requiere normalizar para obtener toda curación o, mejor dicho, vuelta a la salud.
El frío habitual en la piel, pies o manos denuncia fiebre interna con deficiente circulación de sanguínea exterior; la sangre que falta en estas regiones está congestionada al interior del
organismo y sobre todo en el vientre.
La calentura o fiebre interna que jamás llegan a conocer los facultativos rutinariamente guiados por el termómetro, es el enemigo que debemos combatir en todo enfermo, en lugar de perseguir al microbio, que siempre está bien donde la Naturaleza lo ha colocado.
Tengamos siempre presente que a 37 grados de calor en el cuerpo no hay virulencia en ningún
microbio, como se explicará más adelante.

Fuente: Medicina Natural al Alcance de Todos
MANUEL LEZAETA ACHARAN